Utilizamos cookies propias y de terceros para recopilar información estadística del uso de nuestra página web y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.
Acepto

Maria Dueñas

Esas familias 7 mayo

Escribo estas líneas un domingo por la mañana mientras dos familias duermen bajo el mismo techo. Dos familias radicalmente distintas. Una es mediterránea y urbana. La otra tiene su hogar en una enorme granja en Iowa. Una vive de la enseñanza y del oficio de juntar letras. La otra cultiva maíz en su propia tierra, entiende de siega y cosechas y posee una empresa de semillas agrícolas.

Poco ata en principio a estas siete almas que dentro de un rato se darán los buenos días en dos idiomas. No les une ni la lengua ni la manera de ver el mundo; los principios que conforman las coordenadas de su día a día no pueden ser más dispares. Y sin embargo aquí están juntas, a punto de compartir desayuno alrededor de una mesa común en una ciudad americana que no es la de ninguno de ellos. Alternando charla, excursiones y anécdotas, conviviendo a lo largo de tres días intensos en los que siempre hay alguien traduciendo o intermediando para que todos lleguen a entenderse. Conociéndose.

Una de estas familias es la mía. La otra es la que acoge a mi hija mayor durante un curso. La que la mantiene y la lleva de acá para allá por las carreteras trazadas con tiralíneas del Midwest americano. La que le marca los límites y horarios, lidia con la efervescencia de sus 17 años, habla con sus profesores, la lleva al médico cuando le duele la garganta y se ríe con las mil pequeñas historias que a diario ella les cuenta en su inglés incipiente.

¿Por qué han asumido esta carga? ¿A cambio de qué aceptan que una estudiante extranjera invada su hogar, su calma y sus rutinas? A cambio de nada. Absolutamente de nada. Ni un solo dólar reciben como compensación a nueve meses de responsabilidad añadida y numerosos gastos adicionales. Los hijos mayores se iban yendo de casa, y extrañaban ruidos y presencias entre sus paredes, dicen. Y optaron por convertirse en una familia anfitriona. Primero acogieron a una joven sueca. Dos años después, a la pequeña española jaranera y bulliciosa que ha conectado con ellos como si la misma sangre les corriera por las venas.

(...)

Noticia publicada en: La Vanguardia