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Maria Dueñas

Rito de tránsito 18 junio

Mil cambios llegan en junio con precisión de reloj. Las terrazas se abarrotan de gente, las noches se acortan haciendo las tardes eternas, los cursos académicos apuran sus últimos días. Y, para muchos, con el sexto mes del año, viene también ese rito de tránsito que amortiza para siempre cualquier atisbo de infancia o adolescencia e inicia el camino sin retorno hacia la madurez: las pruebas de acceso a la universidad.
 
Lo que antes conocíamos como los exámenes de selectividad, se convierten junio a junio en la temida bestia negra de innumerables familias en todos los rincones del mapa. Cientos de miles de estudiantes llevan un año entero con sus contenidos pegados a la piel, trenzando el sueño con las materias específicas, compartiendo pupitre conLa Pepa y mojando los análisis sintácticos en el cola-cao.
 
Como los quintos que no hace tanto tiempo cumplían el servicio militar obligatorio o los jóvenes que en las tribus primitivas habían de participar en sangrientas ceremonias para demostrar su valor, nuestros chicos y chicas saben que, tras estos días de nervios e incertidumbre, en su vida habrá un antes y un después. En aprobar o conseguir la nota ansiada para acceder a tal o cual carrera no radica en exclusiva lo fundamental. Más importante casi es el ritual en sí, el salto simbólico de una etapa evolutiva a otra, la transición. A partir de ahí, estudien lo que estudien e independientemente del derrotero que cada uno acabe por tomar, adquirirán un nuevo estatus simbólico, una muesca más en la culata.
 
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Noticia publicada en: www.lavanguardia.com